– No he tenido ocasión -contestó imperturbable-. ¿Qué son?

– Son los Libros de la Contemplación, escritos probablemente hacia la mitad del siglo trece.

El comisario extendió los brazos con gesto desolado. No sólo no los había leído sino que jamás había oído hablar de ellos.

– Pero sin duda habrá leído alguna página de Moisés Cordovero -añadió en tono condescendiente Maraventano.

¿Y ése quién era? Vete a saber por qué, aquel nombre y aquel apellido le sonaron venecianos.

– ¿Un dux? -apuntó a ciegas.

– No diga tonterías -replicó con severidad Maraventano.

Montalbano empezó a sentirse incómodo y sudado. Había vuelto a convertirse de golpe en el mediocre estudiante que siempre había sido, desde la escuela primaria hasta la universidad. No abrió la boca, inclinó la cabeza y se puso a describir círculos con el dedo índice en el polvo de la mesa.

«Esta vez estoy jodido. Éste me suspende», se le ocurrió pensar.

– Vamos, vamos -dijo en tono conciliador Alcide Maraventano-, ¡no me dirá que el nombre de Isaac Luria le es del todo desconocido!

Del todo, profesor, del todo. Y en la punta de la lengua le asomó inesperadamente una respuesta clásica: «En mi libro no estaba.»

– No -consiguió responder con la voz de un gallito en su primer quiquiriquí-, pero la verdad es que ahora mismo…

Alcide Maraventano lo miró, suspiró, sacudió la cabeza y empezó a levantarse de la silla. Tardó en levantarse un rato que al comisario se le antojó interminable, de tan largo como era aquel hombre. Al final, tras haberse desenroscado como una serpiente, aquella especie de asta que era un cuerpo y que terminaba con una trémula calavera se puso en marcha.

– Voy arriba a buscar un libro y vuelvo -dijo.

El comisario lo oyósubir por la escalera porque a cada peldaño emitía un «ah» de dolor. Casi se avergonzó de haber tenido que someter al pobre viejo a aquel esfuerzo, pero Alcide Maraventano era el único que podía explicarle algo acerca de un problema que no parecía tener solución.



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