Y ahora él había vuelto a buscar a Anna.

– ¿De verdad eres mi papá?

Anna rompió el silencio con su sencilla pregunta.

La esperanza que había en su vocecilla casi hizo llorar a Meg. Había llegado el momento de la verdad y Kon no mostraría piedad.

– Sí, soy tu papá. Y tú eres mi hijita. Tenemos los mismos ojos azules, el mismo pelo castaño oscuro y la misma nariz recta -le pellizcó suavemente la nariz y Anna se rió-. Pero sonríes igual que tu madre. ¿Lo ves? -sacó unas fotografías del bolsillo de la chaqueta-. Aquí estamos tu mamá y yo tomando helado y champán. Yo acababa de decirle que la quería. Mira su boca: sonríe igual que tú -tocó el labio inferior de Anna-. Exactamente igual que tú.

Anna volvió a reírse y dejó el libro en el suelo, para mirar las instantáneas en blanco y negro. Por una vez, se quedó muda. Igual que Meg, que recordó cómo él le tocaba la boca de la misma manera y luego la besaba y ella deseaba que no parara nunca…

Pero entonces no sabía que alguien les estaba haciendo fotos.

Debía de haber muchas más fotografías como aquellas. Meg pensó que seguramente una cámara había registrado sus días y sus noches juntos y sintió un agudo dolor al pensar que, la experiencia más maravillosa de su vida, había acabado en los archivos micro-filmados del KGB.

– ¡Mami, mira! ¡Eres tú!

– Sí -murmuró él-. Y aquí hay otras fotos de tu madre y de mí delante de su hotel y en un museo cercano.

Kon no podía haber urdido un plan mejor, para ganarse a su hija, que ofrecerle pruebas irrefutables de la relación entre ellos.

Las dos veces que Meg había viajado a Rusia, estaba terminantemente prohibido sacar fotografías, excepto en la Plaza Roja. Por eso no tenía ni una sola imagen de Kon como recuerdo.



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