A Meg, aquel hombre le pareció inhumano, incapaz de sentir emociones. Cuando la dejó sola para que «reflexionara» sobre lo que había hecho, Meg se derrumbó, desesperada, sobre el suelo de la celda. Lloró durante horas la muerte de su querido padre y la de su madre, acaecida un año antes. William Roberts había muerto a miles de kilómetros de distancia y ella nunca volvería a verlo.

Pero, antes de que amaneciera, Kon llegó para llevársela de allí y la escoltó a través de largos pasillos hasta una puerta trasera, donde esperaba un coche que la llevó al aeropuerto. Meg no volvió a ver a sus compañeros de viaje y regresó a Estados Unidos a tiempo rara enterrar a su padre, con el libro como único recuerdo.

Tras recibir un trato cruel, la intervención de Kon había sido la única razón de que se le permitiera volver a Estados Unidos sin mayores consecuencias. El regalo del libro, completamente inesperado, le hizo reconsiderar su opinión de que todos los agentes del KGB eran monstruos.

Seis años después, cuando se le presentó la oportunidad de viajar otra vez a Rusia como profesora en un intercambio de estudiantes, se sintió emocionada con la idea de localizarlo y agradecerle en persona su amabilidad.

Lo había visto de nuevo, por supuesto. Ingenuamente, pensó que su encuentro había sido casual, sin darse cuenta de que Kon le había seguido la pista tras su regreso a Estados Unidos. El pensar en ello le resultaba insoportable, pues significaba que los sentimientos de Kon nunca habían sido verdaderos y que, durante el segundo viaje que ella hizo a la Unión Soviética, después de la muerte de la tía inválida con la que vivía, Meg había sido su objetivo. Ella lo había sabido a su regreso, a través de la CÍA. Cada acción de Kon había sido calculada para hacer que se enamorara de él, por razones que solo conocía el KGB. Lo mismo les había ocurrido en muchas ocasiones a otros jóvenes estadounidenses, a turistas y a empleados diplomáticos. Lo sucedido entre Meg y Kon no era, pues, tan raro. El «amor» de Kon había sido motivado por razones políticas.



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