– Y aquí -dijo él, cuando Anna acabó de mirar las rotos-, estamos tu madre y yo en el aeropuerto. Yo le pedí que se quedara en Rusia y que se casara conmigo, pero ella se subió al avión -su voz desolada le pareció a Meg una amarga prueba de su consumada habilidad para el fingimiento.

Él rodeó a Anna por la cintura y la niña se apoyó contra su pecho sin darse cuenta. Mirando a su hija, Meg sintió su corazón partirse en mil pedazos.

Anna miró a su madre con preocupación.

– ¿Por qué hiciste eso, mami? ¿Por qué dejaste solo a mi papá?

Meg trató de calmarse, despreciando a Kon por hacerle aquello.

– Porque no habría podido volver a Estados Unidos me hubiera quedado más tiempo y tenía responsabilidades aquí. Daba clases, tenía un compromiso con mis alumnos.

– ¿Eres maestra?

Tras un breve silencio, Meg contestó:

– Ya no, cariño. Pero lo fui… una vez.

– ¿Como la señorita Beezley? -Anna se quedó completamente atónita por la confesión de su madre.

– Sí. Enseñaba en un instituto.

Cuando supo la verdad sobre lo que había ocurrido cuando estuvo en Rusia, abandonó la enseñanza del ruso y no quiso volver a saber nada más del país, ni del idioma ni de sus recuerdos. Anna era demasiado pequeña para entenderlo, por eso Meg nunca le había hablado de esa época de su vida.

Desafortunadamente, Anna había encontrado el libro de El cascanueces en el trastero donde Meg lo tenía escondido. La niña se prendó del libro nada más verlo y quiso quedárselo. Meg nunca había tenido valor para quitárselo, ni tampoco para explicarle de dónde procedía.

– ¿Eso es verdad, papá?

Con esa única pregunta, Meg comprendió que todo estaba perdido. Anna no solo había aceptado a su padre sin reservas, sino que incluso cuestionaba la palabra de Meg.

Qué ironía que una madre lo hubiera dado todo por su hija durante seis años y que, luego, llegara un hombre cuya única contribución había sido biológica y, en un abrir y cerrar de ojos, se ganara la adoración de la niña.



11 из 122