– Sí, es verdad. Tu madre habla muy bien ruso y, cuando no estaba dando clases de inglés a estudiantes rusos, pasamos juntos cada momento de los cuatro meses que estuvo en San Petersburgo.

– Anna… ¿por qué no le preguntas a tu padre por qué no vino a Estados Unidos conmigo? -preguntó Meg, con la voz quebrada.

– Pero si sí que he venido -contestó él, rápidamente-. ¿Sabes?, antes de dejar mi país tuve que resolver muchas cosas. Pero siempre he sabido de ti, Anochka. Siempre te he querido, hasta cuando estaba lejos. Y ahora por fin estoy aquí y voy a quedarme.

«Lo que tarde en ganarse a Anna, luego desaparecerá con ella». Meg estaba segura. Se preguntó cuándo se había despertado en él aquel instinto paternal que lo había empujado a atravesar medio mundo para buscar a su hija.

– Puedes dormir en mi habitación -dijo Anna, atando los cabos sueltos con su sencillo e ingenuo razonamiento.

– Me encantaría -murmuró él suavemente-. Por eso he venido. Para vivir con tu mamá y contigo. Quiero que seamos una familia. ¿Puedo ir a casa en vuestro coche? Yo no he traído el mío al ballet.

– Tenemos un Toy… yoda rojo. Puedes sentarte atrás conmigo y leer mi libro mientras mamá conduce.

– Leeremos por turnos. ¿Te gusta el sitio donde vives?

– Sí. Pero me gustaría tener un perro. El casero no nos deja tener uno.

– Entonces te gustarán Gandy y Thor -mientras charlaban, él le puso su abriguito de invierno.

– ¿Gandy y To… qué?

– Thor. Son mis pastores alemanes y les he hablado mucho de ti. Están deseando conocerte. Jugarán contigo y serán tus mejores amigos para siempre.

Anna chilló de alegría.

Una rabia impotente se apoderó de Meg. Nada lo detenía, ni siquiera manipular a una niña inocente. Meg se sintió a punto de gritar, pero el vestíbulo se iba llenando de gente, pues la función había terminado. Por el bien de Anna, trató de mantener el control sobre sus emociones, hasta que estuviera a solas con él y la niña no pudiera escucharlos.



12 из 122