Konstantino Rudenko estaba acostumbrado a ejercer una autoridad absoluta e incuestionable en su país, pero ella no le permitiría que hiciera nada allí, en su hogar. Se acercó a su hija y la agarró del hombro para mantenerla apartada de él.

– Vamos, Anna.

Pero Anna no la escuchaba. Se había acercado a él para observar su cara de rasgos duros. Durante un instante, Meg revivió la sensación de suave aspereza de sus mejillas contra las suyas después de pasar la noche en sus brazos, después de hacer el amor…

– ¿Me dejas que te lleve al coche, Anochka? Hace mucho, mucho tiempo que sueño con abrazar a mi hijita.

Anna, a la que hasta ese momento nunca le había gustado ningún hombre que se acercaba a Meg, parecía hechizada por la voz honda y la mirada amorosa de Kon. Le rodeó el cuello con los brazos y permitió que la levantara, con una expresión de sublime alegría.

– ¿Qué significa esa palabra, «noska»?

– Mi pequeña Anna. Así es como los papas llaman a sus hijas pequeñas en Rusia.

– Yo no soy pequeña. Qué gracioso eres, papi -le dio el primer beso en la mejilla.

– Y tú eres adorable, igual que tu madre -él la estrechó en sus brazos, como si hubiera esperado ese momento toda su vida.

Meg apartó la mirada, asqueada al ver que, por conseguir lo que quería, era capaz de manipular las emociones más profundas y tiernas de una niña.

Nunca le perdonaría eso. Nunca.

Capítulo 2

– ¿Dónde está tu coche, mayah labof? -preguntó Kon, repitiendo calculadamente aquella expresión cariñosa que todavía tenía el poder de emocionar a Meg, aunque esta luchara por evitarlo-. Anna y yo estamos listos.

Meg estuvo a punto de gritarle que, ya que las había seguido hasta el teatro, sin duda sabía perfectamente dónde tenía aparcado el coche. Pero cuando vio lo felices que parecían padre e hija, se sintió incapaz de decir nada.



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