
Anna deseaba un padre desde que vio a su mejor amiga, Melanie, con el suyo. Eso siempre la hacía sentirse abandonada. Pero en los últimos minutos había forjado unos vínculos que ningún poder en la Tierra podría romper.
Cualquiera de las personas que salían del teatro podría ver que eran padre e hija. La gente podría cuestionarse, en todo caso, qué relación tenía ella con aquella niña morena. El pelo rubio ceniza de Meg, que le llegaba a los hombros, y sus ojos grises, sugerían un origen distinto. Otra ironía que Meg se vio forzada a admitir. Se puso el abrigo para protegerse de la tarde helada de invierno y se encaminó al coche, que estaba aparcado en una calle cercana, a la vuelta de la esquina.
Caminó a unos pasos de Kon para evitar cualquier contacto con él. Se sintió aliviada cuando él se sentó en el asiento trasero junto a Anna.
Quizás Kon pensara que tenía el control de la situación, sobre todo porque Anna, agarrada a él, no dejaba de hacerle preguntas. Pero, en cuanto llegaran a casa, estarían en territorio de Meg y ella impondría las normas. Cenarían enseguida, decidió, y, tan pronto como Anna acabara de comer, la mandaría a la cama.
Con la niña acostada, podría enfrentarse a Kon y echarlo, antes de que Anna se levantara. En cuanto tuviera oportunidad, llamaría al abogado que la había ayudado a arreglar los asuntos de su padre y de su tía y conseguiría una orden judicial para mantener a Kon alejado de Anna.
No estando casados y no siendo él ciudadano estadounidense, Meg se preguntó qué derechos tendría sobre su hija. Seguramente, cuando su abogado supiera la verdad sobre el pasado de Kon en el KGB, haría todo lo posible por evitar que Anna estuviera a solas con él y, por supuesto, para impedir que se la llevara del país. Meg deseó que su tío Lloyd viviera aún. Trabajaba en los servicios de inteligencia naval y habría podido aconsejarla sobre la mejor forma de proceder.
