
Meg no tenía ni idea de hasta dónde había llegado Kon en el KGB, pero no podía creer que hubiera renunciado a un sistema que había dirigido toda su vida.
Evidentemente, cuando sus tácticas no consiguieron hacer que se casara con él, Kon había trazado otro plan. Había decidido ir tras Anna. Pero había esperado hasta que la niña fuera lo bastante mayor para dejarse engatusar por sus maquinaciones y encantos.
Tal vez quería de verdad tener una relación con su hija, pero Meg sabía cuánto amaba él a su país y cuan profundamente estaba comprometido con la administración rusa. Naturalmente, querría que Anna sintiera de la misma forma, y eso significaba que se la llevaría a Rusia con él.
– ¿Dónde están los perros, papá?
– En la casa que os he comprado a tu madre y a ti.
– ¡Eh, mami! -gritó Anna alegremente, dando palmas-. ¡Papá tiene una casa para nosotras! ¿Dónde está, papi? ¿Podemos ir a verla ahora mismo?
– Creo que tu madre tiene otros planes para esta noche -contestó él.
Meg se mordió la lengua para no decir nada y casi chocó contra una furgoneta aparcada junto a la rampa del garaje de su bloque de apartamentos. Deliberadamente, Kon sacaba temas que encantaban a una niña deseosa del amor y la atención de un padre. Si se enfrentaba a él delante de Anna, solo conseguiría herirla y ponerla de parte de Kon.
Pero, cuando Anna se levantara a la mañana siguiente, descubriría que su padre había desaparecido para siempre de sus vidas. Meg no descansaría hasta tener una orden judicial contra él. Una vez en el apartamento, inventaría cualquier excusa para ir a casa de alguno de los vecinos y telefonear a Ben Avery en privado. ¡No le importaba si Avery y el juez tenían que estar despiertos toda la noche!
En cuanto Meg aparcó en su plaza de garaje y apagó el motor, Anna saltó del coche, sin mirar siquiera a su madre.
