– Ven, papi. Quiero que veas mi acuaro -no podía pronunciar la i-. Puedes darles de comer a mis peces, si quieres.

– Me encantaría, pero primero tenemos que ayudar a mamá.

Meg le oyó decir eso en voz baja, antes de que él le abriera la puerta del coche. No le sorprendió su solicitud. Kon no hacía nada sin un motivo y Meg sospechaba que no quería perderla de vista ni un momento.

Evitando mirarlo, salió del coche y se desasió de la mano que le había agarrado el codo. Caminó delante de ellos con las piernas temblorosas, dirigiéndose a la puerta del moderno bloque de apartamentos de tres plantas.

Anna sujetaba con una mano su libro y con la otra iba agarrada de su padre. Estaba impaciente por enseñarle su mundo.

– ¡Melanie vive aquí! -exclamó cuando pasaron junto a una puerta en el segundo piso.

– ¿Es tu amiga?

– Sí, mi mejor amiga. Pero a veces nos peleamos. Ya sabes… -Anna se acercó a él, en actitud confidencial-, dice que yo no tengo padre.

– Entonces tendrás que presentarnos y le demostraremos que se equivoca.

Anna caminaba dando saltitos junto a su padre, con la cara iluminada por la alegría.

– Dice que mi madre es una gofa -aquello era nuevo para Meg, que sintió que su vida se hacía añicos, tan rápidamente que no sabía por dónde empezar a reunir las piezas-. ¿Qué es una gofa, papá?

Él aminoró el paso y volvió a tomar a Anna en sus brazos.

– Voy a decirte algo muy importante. Cuando un hombre y una mujer están enamorados, se casan y se aman. Por eso naciste tú, y los dos te queremos más que a nuestras vidas.

– Pero mamá y tú no estáis casados.

– Porque vivíamos en países distintos y eso lo complicaba todo. Pero ahora que yo estoy aquí, nos casaremos y viviremos felices para siempre.

Meg se quedó sin aliento.

– ¿Podéis casaros mañana?

Kon se rio por lo bajo.

– ¿Qué tal la semana que viene, en mi casa? Primero tendremos que ayudar a tu mamá a empaquetarlo todo y a vaciar el apartamento.



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