Angustiada por hacer una escena que podía traumatizar a Anna y despertar aún más la curiosidad de los vecinos, muchos de los cuales volvían a casa tras las compras de Navidad y ya se habían fijado en que Kon llevaba en brazos a Anna, Meg atravesó prácticamente corriendo el descansillo hacia el apartamento. De la puerta colgaba una guirnalda de Navidad atada con cinta roja, pero apenas reparó en ello.

Le temblaban las manos cuando metió la llave en la cerradura. El hechizo que Kon ejercía sobre su hija la llenaba de miedo e indignación. Él había aprendido sus técnicas de seducción en sus años de servicio en el KGB. Había aprendido a considerar los sentimientos humanos como algo de usar y tirar.

– Llévame a mi habitación, papá. Mi acuaro está allí -dijo Anna, señalando el camino, mientras él la llevaba en brazos por el pequeño y humilde saloncito que Meg había limpiado esa misma mañana.

En un rincón había un árbol de Navidad con las lujes apagadas. Era un pino escocés ligeramente ladeado, pero Meg no podía permitirse nada mejor. Sin embargo, las bolas plateadas y doradas entre las bombillas de colores suaves hicieron un efecto alegre cuando Anna apretó el interruptor para que Kon lo viera.

Meg cerró la puerta de entrada e hizo caso omiso de la mirada de triunfo que él le lanzó. Tan pronto como desaparecieron por el pasillo, se desabotonó el abrigo y lo dejó sobre una silla, dándose cuenta de que ese sería el único momento en que estaría libre para hablar con el abogado.

La señora Rosen, una viuda que vivía al otro lado del descansillo, era una violinista jubilada. A esa hora estaba en casa, dando clases de violín. Anna, que era su alumna más pequeña, había progresado mucho durante el año anterior. Pero el talento musical de Anna era lo último que Meg tenía en mente cuando salió del apartamento, rezando para que la anciana estuviera en casa. Mientras usaba el teléfono, le pediría que vigilara la puerta, por si acaso Kon aprovechaba ese momento para escapar…



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