– ¿Señora Roberts?

Meg se sobresaltó al encontrarse en el descansillo a una mujer y un hombre vestidos con ropa deportiva y parcas. Estaban de pie frente a ella, impidiéndole el paso.

Recordó la furgoneta aparcada junto a la entrada del garaje y sintió una punzada de impotencia.

Naturalmente, Kon no había actuado sin cómplices. ¿Más agentes del KGB? Desde la caída del comunismo, se los llamaba oficialmente MB y Meg sabía que, a pesar del caos que reinaba en Rusia, todavía eran peligrosos. Tal vez algunas de sus redes seguían operando en Estados Unidos en misiones de contraespionaje.

Como si le hubieran leído el pensamiento, ambos sacaron sus identificaciones del bolsillo.

CIA. Meg se tambaleó y la mujer, morena y corpulenta, la sujetó del brazo.

– Sabemos que la aparición del señor Rudenko ha sido un choque para usted, señora Roberts. Queremos hablarle de ello. En su casa.

Furiosa, Meg apartó el brazo.

– ¿Creen que voy a tragarme que son de la CIA? -siseó-. Sé cómo trabaja el MB. ¡Igual que el KGB! Pueden hacerse pasar por lo que quieran y vender a su familia si es necesario.

El hombre, que llevaba gafas de concha y aparentaba unos cincuenta años, mostró una sonrisa paternal.

– Por favor, colabore, señora Roberts. Lo que tenemos que decirle despejará todas sus dudas -dijo con una sinceridad exagerada que asqueó a Meg.

– Y, por supuesto, si me niego, me harán entrar a punta de pistola. Pero como saben que nunca haría nada que asustara a mi hija, confían en que haré lo que me piden -se dio la vuelta y volvió a entrar en el apartamento, con los agentes tras ella.

Justo en ese momento se abrió una puerta al fondo del corto pasillo y apareció la cara de Kon, sin duda para asegurarse de que Meg cooperaba. Como en los viejos tiempos.

Meg oyó de fondo sonido de agua corriente y supuso que Kon se había ofrecido a bañar a Anna para mantenerla distraída. Lo miró directamente a los ojos azules.



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