– Me pones enferma -siseó-. ¡Todos vosotros! Y -señaló a Kon-, por lo que a mí respecta, si has abandonado tu país, es que no eres más que un traidor. ¿Por qué no dejáis en paz a las personas inocentes? Idos a algún lugar deshabitado del mundo donde jugar vuestros absurdos juegos de guerra. Si lucháis los unos contra los otros, con un poco de suerte no quedará ninguno vivo.

Con una indiferencia que la dejó perpleja, Kon se quitó la corbata y la chaqueta y, sin dejar de mirarla, las dejó encima de su abrigo, mostrando al hacerlo sus musculosos brazos y sus anchos hombros. Se comportaba como si aquella fuera una situación normal, un día cualquiera en su propia casa.

– Anna saldrá del baño dentro de unos minutos y luego quiere que cenemos juntos. Se asustará si te oye gritar como una verdulera, en lugar de mostrarte cordial con Walt y Lacey Bowman, tus compañeros de trabajo del concesionario. ¿Es eso lo que quieres? ¿O prefieres que le diga que tienes que irte a la oficina por una emergencia? Tengo la llave de un apartamento vacío del piso de abajo. Tú decides dónde quieres que tenga lugar esta conversación.

– ¿Mami? ¿Papi? -Anna irrumpió en la habitación inesperadamente, en pijama y con los rizos revueltos. Cuando vio a los desconocidos, se borró su sonrisa y se fue corriendo hacia su madre, para alivio de Meg, que la tomó en brazos y la apretó contra sí. Si estaba en su mano, no volvería a dejar a Anna sola.

– Cariño -Meg intentó que no le temblara la voz-, estos son los Bowman. Trabajan en el departamento de ventas de Strong Motors por las tardes -improvisó, ya que no le dejaban otra opción-. Nunca los habías visto antes.

La mujer sonrió.

– Es verdad, Anna. Pero Walt y yo hemos oído hablar mucho de ti.

– Eres una niña muy guapa -terció el hombre-. Te pareces mucho a tu papá y a tu mamá.



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