
– Papá se parece al príncipe Marzipán.
La mujer asintió.
– Me han dicho que hoy has ido a ver Cascanueces. Es mi ballet favorito. ¿Te ha gustado?
– Sí. Sobre todo, el Príncipe.
A Kon pareció humedecérsele la mirada al contemplar a su hija. Meg apartó la vista, asombrada otra vez por su increíble talento para la actuación.
– Tenemos que hablar con tu madre un momento -añadió el hombre-. ¿Va todo bien?
– Sí. Papá y yo vamos a preparar la cena. Vamos a hacer macarrones. Papá dice que en Rusia no hay macarrones.
– Sí, Anochka -rio Kon-. Me muero de ganas por probarlos. Ven conmigo.
En un abrir y cerrar de ojos, quitó a Anna de los brazos de Meg y se la llevó a la cocina, donde no podría oírlos, dejando a Meg a solas con los dos agentes. Probablemente, ella nunca llegaría a saber quiénes eran o para quién trabajaban realmente.
La mujer aventuró una sonrisa.
– ¿Le importa que nos sentemos?
Meg apretó los puños.
– Sí, me importa. Digan lo que tengan que decir y márchense.
Su voz sonó chillona. Estaba exteriorizando el miedo y la frustración que había sentido cuando Kon las abordó en el teatro. Se encontraba al borde de la histeria, a punto de gritar, a pesar de Anna.
Los tres permanecieron en pie. El hombre habló primero.
– El señor Rudenko desertó hace más de cinco años, señora Roberts.
Meg sacudió la cabeza y lanzó una risa sarcástica.
– Los agentes del KGB no desertan.
– Él lo hizo.
– ¡Aunque así fuera, solo sería un pretexto para raptar a Anna y llevársela consigo a Rusia!
– No -intervino la mujer-. En octubre se convirtió en ciudadano estadounidense. Después de revelarnos ciertos secretos para conseguir el asilo político, nunca podrá volver.
– ¿Por qué tengo que creerlos? -estalló Meg, sin poder dominarse-. Nuestro gobierno ya no necesita hacer tratos con desertores rusos para obtener información. Y ahora, quiero que salgan de aquí. ¡Que salgan de mi vida y de la de Anna!
