
– Hacemos tratos cuando se trata de un oficial de alto rango del KGB -insistió el hombre-. El señor Rudenko pertenecía a una pequeña élite y podía aclararnos algunos temas muy importantes, proporcionarnos información valiosa sobre los secuestros de ciudadanos estadounidenses dentro y fuera de la Unión Soviética.
La mujer asintió.
– Él nunca aprobó esas tácticas del viejo régimen ni su crueldad con los rusos y los no rusos. Esa es una de las razonas por las que desertó.
A regañadientes, Meg tuvo que admitir que tenían razón en una cosa: si Kon no hubiera intervenido, quizás ella todavía estaría en aquella prisión moscovita.
– La información que nos ha dado ha solucionado cuestiones que nuestro gobierno pensaba que no podrían aclararse -prosiguió la mujer-. En algunos casos, los datos que poseía el señor Rudenko han aliviado el sufrimiento de familias que no sabían dónde estaban sus seres queridos.
– El señor Rudenko le ha hecho un gran servicio a nuestro país y ha causado un grave perjuicio al suyo -añadió el hombre con voz firme-. ¿Recuerda esa noticia, hace unos años, sobre un piloto de las fuerzas aéreas desaparecido, el hijo de una anciana de Nebraska? Su avión desapareció en Rusia hace más de quince años.
Meg recordaba aquella terrible historia, que había centrado la atención de los medios en su momento. Todavía oía los sollozos de alivio y sufrimiento de la mujer: alivio porque el Pentágono había conseguido por fin una prueba concluyente de que su hijo estaba muerto. Recordaba que la anciana había dicho que ya podía descansar en paz.
– Eso fue gracias al señor Rudenko, que nos proporcionó información detallada sobre el encarcelamiento del piloto en una prisión de Lubliana y sobre su fallecimiento posterior.
Meg los miró con los ojos entornados. Sencillamente, no confiaba en nada que tuviera que ver con Kon, quien nunca hacía las cosas sin un motivo. Sabía que todas sus acciones, aparentemente generosas, como comprar el libro de El cascanueces y meterlo en su maleta, tenían un propósito oculto.
