– Aunque eso sea verdad -dijo-, no cambia nada. Es un poco raro que haya desertado hace cinco años y haya esperado hasta hoy para presentarse y decir que quiere a su hija -su cara se crispó de dolor-. Por lo que a mí respecta -continuó, elevando la voz-, todo esto es una mentira de la que ustedes forman parte. Me importa un bledo para quién trabajen. Eso no tiene nada que ver conmigo. Ahora, ¡salgan de mi casa y no vuelvan nunca!

– Debido a su deserción, el señor Rudenko tuvo que ocultarse y asumir una nueva identidad -explicó la mujer con calma, sin dar importancia al estallido de Meg-. Por miedo a ponerlas en peligro a su hija y a usted, ha tenido que vivir oculto los últimos cinco años, evitando cualquier contacto hasta…

– Hasta que nos ha atrapado en un lugar público donde yo no podía asustar a mi hija, que es lo bastante mayor para dejarse engatusar por las atenciones de un padre al que ha echado mucho en falta -replicó Meg con amargura.

El hombre negó con la cabeza.

– Hasta que pasara el peligro y él se hubiera adaptado del todo a su nueva vida -el hombre hizo una pausa-. Eso es exactamente lo que ha hecho el señor Rudenko. Ha escrito varios libros sobre Rusia, incluyendo uno sobre el KGB y sus métodos, que saldrá esta primavera y que se espera que sea un éxito. Así que le va bien económicamente y podrá mantenerlas a Anna y a usted.

– No quiero oír nada más. Márchense. ¡Ahora!

– Cuando se calme y empiece a hacerse preguntas, telefonee a la oficina del senador Strickland y él le contará todo lo que quiera saber.

¿El senador Strickland? Meg recordó la cara del anciano senador de Missouri, un político cuya integridad nunca había sido puesta en duda, al menos que ella supiera. Lo que no significaba gran cosa. Probablemente, también él estaría comprado.



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