
– Quizá usted no sepa que forma parte del Comité de Relaciones Exteriores del Senado y que colabora con nosotros desde 1988. Conoce su historia y la de su hija. Podemos asegurarle que es su amigo y que simpatiza con su situación. Espera tener noticias suyas muy pronto.
Meg palideció. Si por la más remota casualidad, estaban diciendo la verdad, no solo el KGB y la CIA, sino también un senador conocía los detalles más íntimos de su vida privada. La idea le pareció tan espantosa que se quedó muda.
La mujer se quedó mirándola.
– Señora Roberts, su miedo y su desconfianza son absolutamente comprensibles. Por eso el señor Rudenko nos pidió que habláramos con usted. Para convencerla de que es ciudadano de Estados Unidos y desea tener una relación con su hija.
– Ya han hablado conmigo -masculló Meg-. Consideren cumplida su misión.
Se acercó a la puerta en un par de zancadas y la abrió, ansiosa por librarse de la pareja y desesperada por acostar a Anna antes de que Kon influyera más en ella. Pero la jovial charla de Anna y la risa de su padre, que llegaban desde la cocina, frustraron su determinación de poner fin cuanto antes a aquella situación.
Esperó hasta que dejó de oír a los agentes y luego abrió despacio la puerta y cruzó el descansillo para llamar al timbre de la señora Rosen. Rezaba para que Kon no eligiera precisamente ese momento para echar un vistazo.
No obtuvo respuesta y se asustó. Pensó en llamar a casa de los Garrett, al fondo del pasillo, pero no se atrevía a perder de vista su apartamento. Además, el llanto de su hija la dejó paralizada.
A través de la puerta cerrada, oyó que Anna preguntaba a Kon si «esa gente» se había llevado a su mamá al trabajo. Sin esperar a oír la respuesta, entró en el apartamento con la única idea de consolar a su hija.
– ¡Mami! -gritó Anna cuando la vio. Corrió hacia ella y su enfado pareció desvanecerse-. ¿Dónde estabas? ¡La cena está preparada!
