
– Creo que tu madre estaba despidiendo a los Bowman en el ascensor. ¿No es así? -Kon le proporcionó una excusa plausible, antes de que Meg tuviera tiempo para pensar.
La expresión triunfante de sus profundos ojos azules parecía decir que sabía exactamente qué intentaba, pero que nunca se libraría de él y que era mejor que aceptara cuanto antes su destino.
– Vamos, mami. Tenemos hambre.
Anna tiró de la mano de Meg, obligándola a apartar la vista de Kon. Él las siguió hasta la cocina. Meg tendría que posponer su plan de llamar a su abogado hasta después de la cena.
Con intención o sin ella, Kon le tocó el hombro cuando le ofreció una silla para que se sentara. Ella renegó del escalofrío que le sacudió el cuerpo cuando sintió su contacto, temerosa de que él lo notara. Pero vio con alivio que Kon estaba pendiente de Anna. La ayudó a sentarse en la pequeña mesa de la cocina, sobre la cual había un plato de macarrones con queso y brécol y un vaso de leche para cada uno.
– Hay que bendecir la mesa -dijo Anna, cuando su padre se sentó a su lado-. ¿Lo haces tú, papá? Por favor…
– Será un placer -murmuró él con voz profunda, agarrando la pequeña mano de su hija.
Meg olvidó cerrar los ojos y contempló sus cabezas morenas agachadas mientras Kon pronunciaba una oración en ruso. Una bonita oración en la que le agradecía a Dios que hubiera protegido las vidas de la mujer y la hija a las que amaba, y le daba las gracias por haberlos reunido al fin y por proveer comida cuando tanta gente en Rusia y el resto del mundo pasaba hambre. Y, finalmente, por que fueran a pasar su primera Navidad juntos. Amén.
– ¿Qué has dicho, papi? -preguntó Anna, pinchando unos macarrones con su tenedor.
Él levantó la cabeza y miró a su hija.
– Le he dicho a Dios lo feliz que soy por estar por fin con tu madre y contigo.
Con la boca llena de macarrones, Anna dijo:
