
– Melanie dice que es estúpido creer en Dios. Ya verás cuando le diga que Dios te ha dejado venir a América para estar con mamá y conmigo… Te quiero, papi.
Las palabras de Anna, su dulce sonrisa manchada de salsa de queso y la emoción elocuente que empañaba la mirada de Kon eran demasiado para Meg. Le resultaba difícil mantener la rabia que había sentido cuando se sentaron a comer.
La inesperada devoción de Kon había sonado sorprendentemente sincera. Por un instante, Meg estuvo a punto de olvidarse de que todo lo que él hacía formaba parte de una farsa. Una farsa que, con el transcurso de los años, había llegado a ser como su segunda naturaleza.
¿Era posible que tuviera convicciones religiosas que se había visto obligado a ocultar hasta ese momento? ¿O eso también era fingido? Meg no lo sabía.
Él la miró.
– ¿Están buenos los macarrones? -preguntó, tranquilamente-. Anna me ha ayudado a hacerlos. Nuestra pequeña es una buena cocinera.
– Y está muy cansada -replicó Meg sin contestar a su pregunta. Evitó su mirada y apartó un rizo de las mejillas encendidas de su hija-. Creo que vamos a saltarnos el postre y que nos iremos directamente a la cama. Hoy has tenido un gran día, cariño.
Para sorpresa de Meg, que esperaba una discusión, Anna asintió.
– Papá me ha dicho que tengo que irme pronto a la cama y dormir bien para estar lista para el viaje de mañana.
¿Viaje? ¿Qué viaje? ¡Oh, cielos!
El corazón de Meg comenzó a bombear oleadas de adrenalina. Lanzó una mirada salvaje a Kon. Él, que acababa de beberse la leche, la miró por encima del borde del vaso y registró su miedo con una tranquilidad que enfureció a Meg hasta ponerla al borde de la violencia.
– Como mañana es domingo, será una oportunidad perfecta para que Anna y tú veáis dónde vivo. Está a dos horas en coche de aquí.
Meg respiró hondo y se levantó de la mesa como una autómata. No estaba dispuesta a permitir que siguiera hostigándola. Se volvió hacia Anna y dijo:
