
Parecía cansado, pensó, y luego se reprendió a sí misma por sentir compasión y por notar los más pequeños cambios físicos que se habían producido en él desde la última vez que estuvieron juntos. Cambios que lo hacían más atractivo que nunca. No podía permitirse a sí misma responder a su atractivo, ni flaquear en ningún sentido.
Porque él planeaba robarle a Anna.
No podía olvidarlo ni por un instante. Como estaba dormido, era el momento perfecto para alertar a Ben Avery. El abogado podría empezar los procedimientos legales para echarlo del apartamento. Aunque Anna se enfadara, Meg necesitaba hacerlo y necesitaba hacerlo inmediatamente. Bajo ningún concepto le permitiría dar un paso fuera de casa con su hija.
Volvió con sigilo a la cocina y levantó el teléfono para llamar al abogado.
De pronto, oyó que algo se movía tras ella y se asustó. Al girarse, vio a Kon frente a ella, de pie entre la cocina y el salón, muy cerca.
¡No se había dormido!
Estuvo a punto de estallar, cuando se dio cuenta de que él la había estado observando todo el tiempo en la habitación de Anna. Sin duda, habría percibido las emociones contradictorias de Meg cuando se acercó a la cama para estudiarlo más de cerca. La idea la puso furiosa.
Tal vez para Anna fuera el príncipe Marzipán, pero para Meg era el mismo demonio, aunque un demonio terriblemente guapo y melancólico. El leve resplandor del árbol de Navidad enfatizaba sus rasgos.
– Quienquiera que sea a quien estás llamando para que me eche de aquí, tendrá que matarme primero. He venido para estar con mi hija. Pero tú eres la madre y tienes la última palabra -su voz pareció apagarse.
Como en un trance, Meg colgó el aparato y lo miró, llena de miedo y tristeza.
