– Te has presentado delante de Anna esta tarde como un hecho consumado -dijo con voz entrecortada y lágrimas en los ojos-. ¿Cómo has podido ser tan… imprudente, tan insensible? Lo que le has dicho a Anna ha cambiado nuestras vidas para siempre.

– Eso espero -murmuró él.

Meg apretó los puños.

– ¡No dejaré que te la lleves a Rusia! -gritó-. Haré lo que sea para impedirlo. Lo que sea -advirtió por segunda vez.

– Era previsible que pensaras eso, pero no tengo intención de secuestrarla. Nuestra hija me despreciaría para siempre si la apartara de ti. Y eso no es lo que quiero que sienta por mí mi única hija. Además, mucho me temo que Konstantino Rudenko es persona non grata en la antigua Unión Soviética. Si pudiera ver los bosques de Rusia una vez más… -murmuró con voz tenue-, sería mi última voluntad como hombre libre -esbozó una sonrisa amarga-. No tengo intención de privar a mi hija de su padre. No cuando he pasado solo los últimos seis años, haciendo preparativos para que podamos vivir juntos el resto de nuestras vidas, Meggie.

Capítulo 3

Meggie. Así la llamó él la primera vez que la besó… De pronto, Meg volvió a ser aquella ingenua muchacha de veintitrés años sentada en el asiento delantero del Mercedes negro en el que Kon la llevó, del aeropuerto de Moscú al hotel de San Petersburgo, donde habría de vivir durante los siguientes cuatro meses.

Amaba a Konstantino Rudenko desde mucho antes de viajar a Rusia por segunda vez. Lo comprendió en cuanto volvió a verlo. Aquel sobrio y atractivo agente del KGB debía vigilarla y acompañarla en sus desplazamientos a la escuela. Sus sentimientos hacía él habían ido creciendo desde que la rescató de la prisión en su primer viaje y le regaló aquel precioso libro.

Al igual que entonces, su palabra era ley y todo el mundo saltaba a su más mínima orden. Habló con todos los agentes y le facilitó el caminó a Meg, haciéndola sentirse segura y protegida más que vigilada. Para alegría suya, Meg se enteró de que parte de la labor de Kon era telefonearla a su habitación cada noche, entre las tres y las cuatro de la madrugada, para asegurarse de que no había escapado del hotel.



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