Meg se moría de impaciencia por que empezaran aquellas llamadas nocturnas. Pero pronto descubrió que tenía una compañera de cuarto, la señora Procter, una mujer de mediana edad que había hecho un master en Lengua Rusa en la Universidad de Illinois. A Meg le fastidió, porque su compañera podría escuchar sus conversaciones telefónicas con el señor Rudenko.

Éste, al igual que el agente asignado a la vigilancia de la señora Procter, la llamaría, le preguntaría muy educadamente si todo iba bien y luego colgaría. Pero Meg no podía permitir que las llamadas acabaran ahí y, las primeras noches, trató de entablar conversación preguntándole sobre la documentación de sus alumnos o sobre cualquier cosa que se le ocurría para prolongar la charla.

Al cabo de unos pocos días, consiguió mantenerlo al teléfono unos quince o veinte minutos, a veces deslizando la conversación hacia lo personal. Así supo que se llamaba Konstantino. Sin embargo, Meg quería mucho más de Kon, como secretamente comenzó a llamarlo, más que una llamada nocturna. Pero para eso necesitaba una intimidad que la presencia de la señora Procter hacía imposible.

Ésta, escandalizada por la conducta de Meg, le expresó su desaprobación sobre lo que llamó su «carácter promiscuo». Meg se dio cuenta muy pronto de que no podía esperar nada más de aquella desabrida mujer.

Sobre todo, Meg no podía soportar que Kon se marchara cada tarde después de dejarla en el hotel, sin quedarse nunca a charlar unos minutos.

Al final de la segunda semana, ansiaba su compañía hasta el punto de que empezó a trazar planes para pasar más tiempo con él. Ese viernes, cuando Kon aparcó delante del hotel, Meg no salió inmediatamente del coche.



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