Con un nudo en la garganta, se volvió hacia él y miró su pelo ligeramente largo y sus ojos de un azul celeste, unos ojos que nunca revelaban sus pensamientos o sus emociones íntimas.

– Si no le importa, ha… hay algo que necesito discutir con usted. Como los del hotel se enfadan si llego tarde a cenar, esperaba que me acompañara. O, mejor aún -añadió con voz apenas audible-, confiaba en que pudiera llevarme a un restaurante donde podamos hablar en privado. Solo he comido en el hotel y tengo ganas de ver algo más de la ciudad.

Él frunció el ceño.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó con tono preocupado, lo que a ella le infundió ánimos.

– Es… es sobre mi habitación.

– ¿No es lo bastante buena?

– No, no es eso. Tal vez sea porque nunca he tenido que compartir mi cuarto, pero me temo que la señora Procter y yo no nos llevamos muy bien. Tenemos edades diferentes y… me preguntaba si puedo tener una habitación para mí sola. No me importa si es pequeña y estaré encantada de pagar más. Solo quiero un poco de intimidad.

«Y la oportunidad de hablar contigo toda la noche, si me dejas», pensó.

Él levantó la cabeza y la observó con expresión seria. Meg habría dado cualquier cosa por saber qué pensaba.

– Venga -dijo él, inesperadamente-. Vamos dentro. Mientras cena, veré qué puedo hacer.

A Meg le dio un vuelco el corazón. Al menos, no había dicho que no. Encantada con semejante progreso, se apresuró a salir del coche y entró en el hotel delante de Kon. Mientras él se acercaba a hablar con el recepcionista, ella subió corriendo a su habitación en el segundo piso para arreglarse.

Estaba tan nerviosa que temblaba. Se pintó los labios y se roció ligeramente con un perfume francés. Luego se puso un vestido de seda de color café, elegante y sobrio. Se cepilló el pelo rubio ceniza, que le caía sobre los hombros, y rezó para que él la encontrara lo bastante guapa como para acompañarla a cenar. Su primera cita…



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