– Ya veremos -murmuró Meg, deseando que la maestra no le hubiera metido aquella idea en la cabeza. A veces, las opiniones de la señorita Beezley contaban más que las suyas.

– Parece que nuestra preciosa hija se lo está pasando bien -mientras esperaba a que Anna acabara de beber, Meg oyó una voz masculina detrás de ella. Pensó que pertenecía a un hombre que hablaba con su mujer y no le dio importancia-. ¿Te acuerdas de aquella humilde cabaña de leñadores a las afueras de San Petersburgo, mayah labof?

De pronto, el mundo pareció detenerse.

¡Konstantino! No. No era posible.

Pero aquella pregunta, susurrada con la serena e inconfundible sensualidad que ella recordaba tan bien, le llegó al fondo del alma. Aquella voz no era producto de su imaginación.

Cerró los ojos, aturdida, mientras el cuerpo se le empapaba de un sudor frío.

Se suponía que él vivía al otro lado del mundo, llevando una vida que ella nunca había querido ni comprendido. Pero él no estaba en San Petersburgo. Estaba allí, en aquel teatro, y acababa de llamarla «querida mía». Si se daba la vuelta, podría tocarlo.

¡Dios santo!

En cuanto comprendió que su presencia era real, Meg se puso a temblar de miedo y de rabia. Se sintió furiosa consigo misma por sucumbir a sus recuerdos. Los recuerdos sensuales de su forma de hacerle el amor, siete años antes, cuando Meg solo había sido, para él, parte de su trabajo.

Su razón siempre le había dicho que él era el enemigo, pero, durante un tiempo, lo había amado tanto que su corazón se negó a comprender y, sobre todo, a creer.

Al parecer, conocía la existencia de Anna.

A Meg no debía sorprenderla. Claro que la conocía: él sabía cosas de la gente que nadie tenía derecho a saber. Ese era su trabajo. Su única dedicación.

Lo cual significaba que las había seguido, acechando el momento perfecto para apoderarse de lo que era suyo, para apoderarse de su hija…

¿Y qué mejor lugar que un sitio público, donde sabía que Meg no haría una escena para no alarmar a Anna? Paralizada por el miedo, Meg sintió que su corazón se desbocaba.



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