Pero se le cayó el alma a los pies cuando bajó al vestíbulo y se encontró con el recepcionista, que la informó de que tenía una nueva habitación en el tercer piso y de que podía trasladar sus efectos personales después de la cena.

Aunque agradecida por la ayuda de Kon, no pudo ocultar su decepción. Él se había marchado sin siquiera decirle adiós. Perdió el interés por la cena y volvió a subir las escaleras, dando la espalda a la señora Procter, que estaba sentada en una de las mesas del comedor hablando con otra profesora inglesa. Sin duda, la estaban criticando.

Aliviada por verse libre de aquella mujer, Meg mudó todas sus cosas antes de que la señora Procter se enterara de lo que había pasado y le hiciera un montón de preguntas incómodas.

El interior del moderno y desaseado hotel era gris y anodino, pero su nueva habitación era considerablemente más amplia que la anterior. Tenía un escritorio grande con una lámpara, donde Meg podría trabajar. Una vez más, se sintió conmovida por la consideración de Kon. Apenas podía esperar a que él la llamara esa noche para agradecérselo.

Entonces alguien llamó a la puerta y Meg pensó que sería algún empleado del hotel. Pero, antes de que pudiera alcanzar la puerta, ésta se abrió.

Meg dio un respingo cuando vio a Kon frente a ella. Él nunca había subido antes a su habitación. Se le aceleró el corazón. Sus miradas se encontraron y Meg percibió una vacilación en los ojos de Kon, que la miraba de arriba abajo, haciéndola estremecerse.

Se dio cuenta de que ella no le era indiferente. Pudo verlo, sentirlo.

– ¿Servirá la habitación? -preguntó él, con voz grave.

Meg tuvo dificultad para encontrar las palabras.

– Sí -logró decir-. Es perfecta. Gracias.

Él la miró con los párpados entrecerrados.

– Hay una discoteca no lejos de aquí donde podernos tomar una copa. Así podrá ver algo de la vida nocturna. Puedo concederle una hora, si quiere.



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