
A ella casi no le salieron las palabras.
– Sí.
– Las noches son muy frías. Lleve algo de abrigo.
Casi sin aliento, por las emociones que campaban en su interior, Meg se fue hacia el armario para sacar una gabardina.
– La espero en el coche.
Ella se giró a tiempo para verlo desaparecer bajo la luz desvaída del pasillo. Una discoteca significaba que habría baile. El deseo de tocarlo, de que él la abrazara, creció hasta hacerse casi doloroso.
Meg bajó casi volando los dos tramos de escaleras y atravesó a toda prisa el vestíbulo, no queriendo perder ni un solo minuto. Cuando salió, sus ojos lo buscaron ansiosamente.
Él estaba de pie junto al coche, con las manos meadas en los bolsillos del abrigo. Era evidente que había estado vigilando la entrada, pues, tan pronto como la vio, abrió la puerta del automóvil.
Sin decir una palabra, puso en marcha el motor y se metieron en el tranquilo tráfico nocturno, flanqueados por bicicletas y tranvías. A Meg le encantaba San Petersburgo, llamada «la Venecia del Norte» por sus canales y puentes. Quizá la ciudad le pareció tan hermosa aquella noche porque había estado soñando con el hombre sentado a su lado. Casi no podía creerse que fueran a salir juntos. Si por ella fuera, estarían juntos más de una hora. Mucho más…
Él conocía muy bien la ciudad. Condujo por varias callejuelas, estrechas y tortuosas, antes de detenerse junto a algunos coches caros aparcados al lado de unos edificios antiguos. Rodeó el coche para abrirle la puerta a Meg, algo que siempre hacía. Pero esa vez hubo una sutil diferencia. Esa vez, Meg sintió su mano en la parte de atrás de su cintura mientras entraban en el local. Del edificio salía música de los años sesenta.
Él esbozó una media sonrisa que transformó su austero rostro de agente del KGB en el del hombre increíblemente atractivo con el que ella soñaba.
– ¿Sorprendida?
– Usted sabía que me sorprendería -ella le devolvió la sonrisa, tan enamorada que se sintió tonta.
