– No somos tan pesados como la propaganda pretende hacerles creer.

La ayudó a quitarse la gabardina, que le entregó a un empleado, y luego la llevó a través de un bar, muy recargado, hasta otra sala donde había algunas parejas bailando y una orquesta. A Meg, la música la hizo sentirse como si entrara en un club de Nueva York.

Por el rabillo del ojo vio a Kon hacerle una seña al camarero. Éste se acercó y los condujo enseguida a una mesa libre. Kon le dijo algo en voz baja y el hombre se marchó.

Kon le ofreció a Meg una silla y se sentó frente a ella. La contempló con mirada inquisitiva.

– ¿Confía en mí lo bastante como para dejarme que pida algo que creo que le gustará?

Ella lo miró con intensidad.

– Gracias a usted pude salir de aquella horrible celda y volver a mi hogar a tiempo para enterrar a mi padre. Yo le confiaría a usted mi vida -dijo, con total sinceridad.

Por una vez, las palabras de Meg parecieron traspasar el caparazón exterior del agente del KGB y penetrar en el verdadero hombre. Kon guardó silencio, con la mirada sombría.

La banda comenzó a tocar una vieja canción de los Beatles.

– Vamos a bailar -murmuró él.

Meg estaba esperando que lo dijera. Lo siguió por la pista de baile con las piernas temblorosas. Deseaba tanto estar entre sus brazos que casi temía el momento en que él la tocaría y se daría cuenta del efecto que surtía sobre ella.

Tal vez él sabía lo que sentía, porque la mantuvo a una distancia prudencial, sin aprovecharse en ningún momento de su proximidad, ni permitir que ella pensara que su cercanía lo turbaba.

Al igual que muchos de sus compatriotas en la sala, era un magnífico bailarín. Después de tres bailes volvieron a la mesa, sobre la que Meg descubrió unos cócteles de champán y dos copas de sorbete de lima.

– Qué combinación tan deliciosa -dijo, consciente de que la noche le parecía hechizada porque estaba enamorada de él.



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