Cuando no pudo soportar más el silencio, se volvió a mirarlo. La luz tenue del tablero de mandos revelaba la mirada de sus ojos, en los que Meg vio un deseo inconfundible que le aceleró el corazón.

– ¿Tienes miedo de mí?

– No -respondió ella con voz trémula. Y era verdad.

Él dejó escapar una suave queja.

– Pues deberías. En los últimos seis años, te has convertido en una mujer excitante. Mis camaradas me envidian porque me reservé tu vigilancia.

Ella se humedeció los labios.

– Me alegro de que lo hicieras. Eso me evitó tener que buscarte.

– Explícate.

Meg bajó la cabeza y se miró las manos.

– Nunca he olvidado lo amable que fuiste conmigo. Quería buscarte y agradecértelo. Y conocerte mejor.

Él respiró hondo.

– Tu sinceridad sigue siendo tan sorprendente como hace seis años.

Ella lo miró.

– Lo dices como si te molestara.

– Al contrario. Me parece maravilloso. ¿Te sorprenderías si te digo cuánto deseo hacerte el amor? ¿Cuánto deseo besar cada milímetro de tu cara y de tu cuerpo, todo tu cuerpo?

Ella se estremeció.

– No -murmuró, mirándolo a los ojos-, porque yo he deseado lo mismo desde que tomé aquel avión en Moscú.

Suspirando, él dijo:

– Ven aquí -se acercó para tomarla en sus brazos-. Meggie.

Susurró su nombre antes de besarla en la boca, con un ansia que disipó todas las dudas de Meg. Ella se abandonó, permitiendo que sus sensaciones la llevaran a dimensiones inexploradas de su deseo. Había anhelado tanto su cercanía, que temía estar soñando. Y no quería despertar.

No supo cuánto tiempo pasó, ni se dio cuenta de que unos faros se aproximaban de frente, hasta que su luz iluminó el interior del coche.



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