
Rápidamente, Kon la apartó de sí. A Meg se le había borrado el carmín de los labios. Tenía la cara ardiendo y su cuerpo palpitaba.
Cuando el otro coche pasó de largo, Kon puso en marcha el motor y volvió a la carretera, maniobrando con la misma precisión con que lo hacía todo.
– Kon… yo… no quiero volver. No quiero que se acabe la noche. Por favor, no me lleves al hotel.
– Tengo que hacerlo, Meggie.
– ¿Por tu trabajo?
– Sí.
– ¿Cuándo podremos estar juntos otra vez? Juntos de verdad, más de una hora.
– Lo arreglaré.
– Por favor, que sea pronto.
– No digas nada más, Meggie, y no vuelvas a tocarme esta noche.
Por una vez, a Meg no le importó que la llevara de vuelta al hotel, ya que sabía que su pasión era tan profunda como la de ella. Su extraño silencio probaba que no habían vuelto a su relación anterior.
Cuando llegaron al hotel, él se quedó al volante y dejó que Meg entrara sola. Luego se marchó bruscamente, como si saliera en persecución de otro coche.
Meg cruzó a toda prisa el vestíbulo y las escaleras, aliviada por encontrar una habitación vacía. Al menos, podría saborear en soledad los acontecimientos de aquella noche.
Pero, mucho después de haberse metido en la cama, seguía despierta. No podía dormir. Tenía el teléfono junto a la cama y, tumbada de lado, esperaba a que sonara.
Cuando por fin lo hizo, levantó el auricular antes del segundo timbrazo.
– ¿Kon? -gritó alegremente.
– Nunca vuelvas a contestar así al teléfono.
Avergonzada, ella susurró:
– Lo siento. Lo he hecho sin pensar.
– Ya es sábado. A las diez pasaré a recogerte. Prepara algunas prendas de abrigo para el fin de semana.
Y colgó.
Meg dejó el teléfono y se abrazó a la almohada, pero no pudo dormirse.
Para dejar de mirar el reloj, se puso a preparar las lecciones de la semana siguiente y, cuando acabó, corrigió los ejercicios de sus alumnos.
