El trabajo fue una bendición. La mantuvo ocupada hasta las nueve, cuando lo dejó todo y preparó las cosas que necesitaba para el viaje. A las nueve y media bajó a desayunar, saludando desde lejos a las pocas profesoras que conocía. Se alegró de que la señora Procter no estuviera entre ellas.

A las diez en punto, Kon apareció en el vestíbulo. Meg sintió su presencia antes de verlo, como una especie de onda gravitatoria. Corrió a su encuentro, con una pequeña maleta en una mano y el bolso en la otra.

Para cualquiera que pasara por allí, él habría parecido el mismo agente del KGB que la llevaba de un lado a otro desde su llegada a San Petersburgo. La diferencia solo era visible para Meg. Cuando Kon la miró, sintió una excitación física y emocional que no pudo ocultar. Tuvo la impresión de precipitarse irremediablemente hacia él, sin poder detenerse.

Tampoco él había dormido mucho, pero las ojeras le daban un aire ligeramente disipado que aumentaba su atractivo. Meg lo siguió dócilmente hasta el coche y entró en él mientras Kon guardaba las cosas en el maletero.

Salieron de la ciudad por el mismo camino que habían tomado la noche anterior. Apenas había tráfico y enseguida llegaron a la carretera del bosque.

Meg iba sentada de lado, mirando el perfil de Kon y su cuerpo tenso y musculoso. Él iba vestido con la misma sobriedad de siempre. En realidad, ella solo lo había visto con la camisa blanca y el traje oscuro que, suponía, eran su uniforme de trabajo. Le sentaban bien. Demasiado bien. Meg no podía apartar los ojos de él.

– Nunca antes me había escapado con un hombre -confesó-, ¿Y tú? Con una mujer, quiero decir.

Él le lanzó una mirada penetrante.

– Yo sí.

– No he debido preguntártelo, pero todo esto es nuevo para mí.

Por supuesto, él había tenido otras relaciones. Meg sabía, por sus conversaciones nocturnas, que tenía poco más de treinta años. A un hombre soltero y atractivo como él, no le faltaría la compañía femenina.



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