– No ha habido tantas mujeres como te imaginas -bromeó él-. Con mi trabajo, me resulta casi imposible mantener una relación duradera. Las pocas mujeres que he conocido también trabajaban para el Partido. Para serte sincero, Meggie, hasta ahora nunca me había sentido atraído por una extranjera. Lo que me sorprende es la fuerza de mis sentimientos por ti, lo mucho que he deseado estar a solas contigo.

Ella se estremeció.

– Gra… gracias por ser tan sincero conmigo. Eso es lo único que te pido.

– Nunca has hecho el amor, ¿verdad?

Parecía una afirmación, no una pregunta.

– No. ¿Te importa?

– Sí.

Meg intentó reprimir el repentino aguijoneo de las lagrimas.

– Ya veo.

Él masculló algo en ruso que ella no entendió.

– Hemos llegado, Meggie.

Había estado tan concentrada en la conversación que no se había enterado de nada más. Cuando miró hacia afuera, vio que estaban parados en medio de un tupido bosque, junto a una humilde cabaña de leñador.

Entonces se le presentó la realidad de la situación en toda su crudeza. Había pensado que su inocencia compensaría su falta de experiencia, pero, de pronto, lo vio todo distinto. Kon era un hombre mundano, experto y sofisticado… y seguramente estaba decidido a dar la vuelta y llevarla de nuevo a la ciudad.

Y ella no podría soportarlo. Salió precipitadamente del coche y se internó entre los árboles.

– ¿Meggie? ¿Adonde crees que vas? -gritó él, irritado.

– A… ahora mismo vuelvo.

– No te alejes. Es muy fácil perderse.

– No lo haré.

«Dame solo un momento para prepararme», suplicó para sus adentros, y siguió corriendo hasta que se quedó sin aliento.

Se apoyó en el tronco de un árbol para descansar. Sintió una punzada de vergüenza por comportarse como una niña. No lo culparía si perdía todo interés por ella.



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