Entonces oyó que él la llamaba. Por sus gritos, supo que se estaba acercando. Su voz parecía llena de angustia. ¿Estaría realmente preocupado por ella? ¿Era posible que sus sentimientos fueran tan profundos y verdaderos como los de ella?

Meg supo la respuesta cuando se encontró con él, mientras corría de nuevo hacia la casa.

– Siento haberte preocupado -dijo, al oírle pronunciar un torrente de ininteligibles palabras en ruso.

Kon la estrechó contra su pecho. Sus ojos eran una abrasadora llamarada azul.

– Meggie…

Su inesperada pasión le reveló a Meg lo que quería saber. Él todavía quería estar con ella. Nada había cambiado.

Buscó ciegamente su boca y se perdió. Kon la levantó en brazos y la llevó a la cabaña, abriendo la puerta de un puntapié.

Lo que ocurrió después fue natural e inevitable. Ebrios de deseo, fueron solo un hombre y una mujer ansiosos por saborear y sentir al otro.

Desde ese instante, se rompieron las barreras impuestas por sus papeles de visitante extranjera y agente del KGB. Solo la necesidad absoluta que sentían el uno por el otro gobernó su relación. Una necesidad que fue satisfecha y que marcó el inicio del resto de sus días y sus noches juntos. Solo querían amarse hasta perder el sentido.

Y pensar que todo aquello había sido parte de un plan…

Meg apartó aquellos recuerdos. Creía que había dejado atrás el dolor para siempre, pero la aparición de Kon había vuelto a abrir heridas que ya nunca sanarían. Le lanzó una mirada acusadora.

– Dime una cosa -dijo, sin intentar ocultar su reacción a aquellos recuerdos agridulces-, ¿cómo conseguiste parecer sincero cuando me pediste que me casara contigo?

– ¿Cuándo, Meggie? -replicó él-. Que yo recuerde, te pedía que te casaras conmigo cada vez que hacíamos el amor. Debería ser yo quien te preguntara a ti una cosa: ¿qué crees que me impulsaba a seguir pidiéndotelo, si sabía cuál sería tu respuesta? -intentó parecer tan desolado como cuando le contó a Anna su despedida en el aeropuerto.



39 из 122