
¡Qué buen actor era! Tan bueno que a Meg le daba miedo.
– ¡Ahórrate la farsa, Kon! -dijo, desdeñosa, para enmascarar su incertidumbre-. Estabas trabajando para tu país. Seguro que, a lo largo de tu carrera, has engañado a otras mujeres ingenuas como yo. Puede que en nombre del deber, te hayas convertido en padre de otros niños… -de pronto se detuvo, sin aliento por la rabia-. ¿Por qué has venido a buscar a Anna cuando hay miles de mujeres en Rusia que estarían encantadas de casarse y tener hijos contigo? Según creo, allí hay muchas más mujeres que hombres. Podrías elegir a la que quisieras y fundar una familia si…
Él la interrumpió con calma.
– La mujer que he elegido está justo delante de mí y la única hija que tengo acaba de dormirse en mis trazos.
Ella apretó los dientes.
– Tú me elegiste, lo admito. Mi tío estaba en los servicios de inteligencia de la Marina, ¿te acuerdas? Después de su muerte, mi tía me contó algunas cosas sobre cómo el KGB trataba de captar a visitantes extranjeros especialmente seleccionados. Como yo… la sobrina de un militar estadounidense. Sobre todo porque, obviamente, a mí me interesaba Rusia y hasta volví por segunda vez. Intentaste que renegara de mi país, mostrándote primero como un amigo y, luego, seduciéndome. Pero, al final, no funcionó. Yo volví a Estados Unidos y a ti seguramente te reprocharon tu fracaso. Así que me hiciste vigilar y, cuando descubriste que estaba embarazada, esperaste hasta que llegara el momento idóneo para reclamar a tu hija y volver a Rusia -se dio cuenta de que estaba casi gritando, pero hacía rato que había perdido el control-. ¡Pues no voy a permitirlo! No estamos casados y, si intentas llevártela a algún sitio, te acusaré de secuestro…
– ¡Mamá! -el grito asustado de Anna, hizo callar a Meg. Aturdida, vio a su hija junto al árbol de Navidad, abrazada a su muñeca preferida. El rastro de lágrimas que había en sus mejillas destrozó a Meg-. ¿Por qué regañas a mi papá?
