
Recordó con asombrosa claridad las horas aterradoras que había pasado sola en aquella húmeda celda le Moscú, custodiada por guardias que no conocían la compasión.
– ¿Meg? -la voz interrumpió sus pensamientos.
No sabía cuánto tiempo había pasado. Solo unos segundos, supuso, pero habían bastado para revivir sus años de sufrimiento. Él comenzó a hablar, pero ella no se giró.
– No sé lo que le has contado sobre su padre, pero, ahora que estoy aquí, juntos le diremos la verdad. No pienses en huir, o haré una escena. Como sé que odias asustar a Anna, confío en que cooperarás.
Su inglés, preciso y formal, era perfecto. La formación que había recibido en el KGB no había dejado nada al azar. Cualquiera que lo escuchara pensaría que era estadounidense, quizá de la costa este.
Meg dejó escapar un gemido que llamó la atención de Anna. Esta dejó su puesto en la fuente al siguiente niño.
– ¿Mami? ¿Qué te pasa?
Atenazada por el miedo, Meg no podía moverse, ni respirar, ni hacer la docena de cosas que su instinto de supervivencia la impulsaba a hacer.
– Na… nada, cariño. Deprisa, vamos dentro.
Agarró a Anna de la mano y casi la arrastró hacia la puerta de la sala. Sabía que no tenía escapatoria, pero no quería quedarse allí, como un animal paralizado, mientras él obtenía otra victoria fácil.
– Mami, vas muy rápido -protestó Anna, pero Meg, cuyo miedo crecía por segundos, apretó el paso.
No importaba que hubiera habido cambios drásticos en Rusia. Quizás él ya no pertenecía al KGB, pero podía seguir trabajando para el nuevo gobierno. Todavía existía la policía secreta en la antigua Unión Soviética.
Para Meg, era un hombre peligroso al que no quería volver a ver. Un hombre que podía hacerse pasar por estadounidense sin que nadie lo advirtiera. Un hombre que caminaba tras ella y que, evidentemente, había vigilado sus movimientos durante años.
