Kon se movió tan rápido que Meg no tuvo tiempo de reaccionar. En un instante, tomó a Anna en brazos y la besó en la nariz.

– No me está regañando, Anochka -dijo, meciéndola-. Tu madre está enfadada con razón. Yo antes vivía en Rusia y ella teme que algún día quiera volver y te lleve conmigo.

– ¿Sin mami? -preguntó Anna, como si aquello fuera impensable.

A Meg le dieron ganas de llorar.

– No vamos a ir a ninguna parte sin mamá -afirmó él, con autoridad incuestionable, sin dejar de mirar a Meg. Esta se preguntó cómo podía seguir fingiendo todavía y parecer tan convincente. Kon besó a Anna en la frente-. Ahora tienes que volver a la cama, porque mañana tenemos muchas cosas que hacer y tu madre y yo todavía no hemos terminado de hablar. Sabes que hemos estado separados mucho tiempo. Hay cosas que debo contarle. ¿Lo entiendes? ¿Eres lo bastante mayor para correr a tu habitación y meterte en la cama sólita?

– Sí -asintió Anna, sacudiendo sus rizos morenos. Luego miró a Meg con expresión suplicante-. Papá te quiere, mami. ¿Podemos ir a ver nuestra casa mañana? Los perros me están esperando.

Meg miró maravillada a su hija. Qué sencillo resultaba todo para ella. Qué pura era su fe. Anna no conocía el verdadero significado del miedo ni de la traición. Esas emociones no formaban parte de su experiencia, ¿cómo iba a comprenderlas? Su querido príncipe, su papá, se había materializado, y su mundo infantil estaba colmado.

– Vivo en Hannibal -declaró él, con toda naturalidad-, en el estado de Missouri -añadió-. La ciudad es famosa porque allí nació Mark Twain.

– Y ahora me dirás que Mark Twain vive todavía y que recibe a sus amigos en su casa de Hill Street… -replicó Meg.

Él volvió a abrazar a Anna.

– Es interesante que menciones Hill Street, porque yo vivo un poco más arriba, en la colina, en el mismo lado de la calle.



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