Parecía que aquel cuento de hadas no se acabaría nunca. Un agente del KGB en el país de Huckleberry Finn.

Meg dejó escapar una risa sarcástica y cruzó los brazos para no darle una bofetada.

– Anna, es hora de acostarse.

– Tiene razón -agregó Kon-. Dame un beso de buenas noches, Anochka.

Meg se dio la vuelta para no ver su despliegue de ternura y se fue a la habitación de Anna. No podía creerlo. Apenas ocho horas antes, su hija ni siquiera sabía el nombre de su padre, ni mucho menos podía imaginar que lo vería en carne y hueso.

Se quedó de pie junto a la cama hasta que Anna se metió bajo las mantas. La mirada de la niña le llegó al alma.

– Dios nos ha mandado a papá. ¿No eres feliz, mami? Por favor, sé feliz.

Meg se inclinó sobre la cama y escondió su cara entre los rizos de Anna.

– Oh, cariño… -comenzó a sollozar despacio-, si fuera todo tan fácil…

Las caricias de Anna la hicieron sentirse aún más débil.

– Es fácil -dijo una voz masculina desde la puerta-. Y todos vamos a ser felices.

Capítulo 4

Kon deslizó la mano entre el pelo de Meg y la acarició. Ella se quedó paralizada de asombro. Dejó de llorar y soltó a Anna. Le sorprendió tanto la caricia que se levantó y huyó asustada de la habitación.

Kon la siguió despacio.

– Estás cansada, Meggie. Vete a la cama. Yo dormiré en el sofá. Si Anna se despierta durante la noche, me ocuparé de ella.

Meg se dio la vuelta, dispuesta a liberar sus emociones. Pero su deseo de sacarlo todo a la luz disminuyó cuando vio a Kon frente a ella. A su lado, descalza como estaba, se sentía pequeña, débil y emocionalmente desbordada. Él parecía más alto, más sombrío y mucho más inquietante que nunca.

– ¿Por qué, Kon? -exclamó, luchando contra la atracción insidiosa que todavía sentía por él-. ¿Por qué has venido? Y no me digas que porque estás enamorado de mí.



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