Tú y yo sabemos que eso es mentira. ¡Me utilizaste! -lo acusó-. Yo… yo admito que tomé la iniciativa. Te lo puse muy fácil. Pagaré mi ingenuidad el resto de mi vida. Pero, ¿por qué te inventas historias que pueden destrozar a una niña? Si realmente has desertado, entonces la única razón que puedo imaginar para todo esto es que esperas conseguir la custodia compartida, tener a Anna seis meses al año. Pero yo no podría soportarlo. ¿Me oyes?

La pregunta quedó en el aire. Kon no respondió de inmediato. Se sentó en el sofá y se pasó las manos por el pelo, en un gesto que ella le había visto hacer muchas veces en el pasado. El recordarlo la hizo fijarse en su cuerpo ágil y atlético, que una vez había conocido íntimamente.

Meg sacudió la cabeza, furiosa por entretenerse con esos pensamientos elementales cuando, en realidad, él era su enemigo.

Apenas se dio cuenta de que Kon había sacado una pequeña grabadora del bolsillo de la chaqueta. La puso en la mesa redonda de mármol, uno de los pocos objetos que Meg conservó tras la muerte de su padre y uno de los pocos muebles buenos que poseía. El salario de maestro de su padre solo alcanzaba para cubrir las necesidades básicas. Sin las becas escolares, Meg nunca habría podido viajar al extranjero.

De pronto, un sollozo histérico llenó el cuarto de estar. Meg se sobresaltó al reconocer su propia voz. Buscó a Kon con la mirada, pero él tenía la cabeza agachada sobre la grabadora y estaba escuchando. De inmediato, Meg se sintió transportada a aquella húmeda celda moscovita. Se vio a sí misma, golpeando el suelo de piedra con los puños, desesperada. La agonía de aquel momento terrible la asaltó de nuevo y su intensidad la desbordó. No pudo detener el llanto que empezó a derramarse por sus mejillas.

«Oh, papá. Te has ido… Mi padre se ha ido… ¡Tengo que volver a casa contigo! ¡Tienen que dejarme salir de aquí! ¡Déjenme salir, monstruos…! ¡Papá…!».



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