– No te creo, Kon.

Él inclinó la cabeza y la observó un momento.

– ¿Te obligué a hacer algo alguna vez, Meggie? ¿Has olvidado que fuiste tú quien me rechazó?

De alguna forma, él se las arreglaba para que sus discusiones siempre acabaran haciéndola parecer culpable. Hasta que conoció a Kon, Meg nunca se había enamorado. No había tenido novios formales, ni experiencias físicas importantes que la prepararan para el tumulto de emociones y deseos sexuales que había sentido por el padre de Anna.

Meg era hija única. Su madre tenía más de cuarenta años cuando ella nació y su padre más de cincuenta. Los dos estaban encantados por tener por fin una hija. Era devotos cristianos que vivían modestamente. La protegieron, la animaron para que fuera una buena estudiante, insistiendo en que aprovechara todas las oportunidades académicas que se le presentaran.

Sus padres eran pacifistas que creían firmemente en el entendimiento como clave de la paz mundial. Conforme a sus creencias, la matricularon en un programa especial de ruso que siguió desde el colegio hasta la universidad. Ninguno de los dos vivió lo suficiente para saber que, su bienintencionada idea, había llevado a Meg por el camino de una pasión prohibida hasta la situación de vida o muerte que afrontaba en ese instante, en su propio apartamento.

– ¡No podía renunciar a mi nacionalidad y dejar atrás toda mi vida!

– Desde luego, no por mí -murmuró él para sí, pero ella lo oyó y se sintió furiosa otra vez por la capacidad de Kon para hacer que se sintiera culpable-. Así que tomé todo lo que estabas dispuesta a darme: todos los días y las noches que pudimos conseguir. Soy un hombre, Meggie. Sabes lo que pasó entre nosotros.



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