
– Querrás decir que creía saber lo que pasó entre nosotros -dijo ella con acritud-. Evidentemente, todo era mentira. Tú te las arreglaste para manipularme y… seducirme. Y lo lograste.
Él la miró de arriba abajo. Extrañamente, a Meg le recordó el modo en que la miró cuando fue detenida en el aeropuerto.
– Tienes razón. Hice todo lo posible por conseguirse. Pero ya te lo he dicho… mi éxito no fue completo -Meg, que no estaba preparada para una confesión a sangre fría, sintió como si él le hubiera dado una bofetada-. Antes de la caída del comunismo, parte de mi trabajo era seguir la pista a visitantes extranjeros, en su mayoría turistas. La información de tu tío era correcta. Si alguno de ellos hacía una segunda visita, se lo vigilaba como a un posible simpatizante o un posible subversivo. Se le asignaba un agente especial para observar su comportamiento. Si el mismo visitante iba una tercera vez, era detenido de inmediato -la miró fijamente- Era obvio que tu mala experiencia en aquella prisión no te impidió volver, y eso me confirmó lo que pensaba de ti: que tenías una voluntad indomable. Intrigado, me aseguré de que me asignaran tu vigilancia.
Meg echó hacia atrás la cabeza.
– Y yo fui tan ingenua que creí que nuestro encuentro había sido pura coincidencia -dijo, furiosa-. No podía creerme la suerte que había tenido. Pensaba que sería imposible encontrarte para agradecerte que me hubieras dejado volver a casa para el funeral y que me hubieras dado el libro. Y, en lugar de eso, allí estabas, ¡en el aeropuerto de Moscú! -trató de mantener la voz firme-. Y, lo que era todavía más sorprendente, asignado a mi vigilancia. Cuando estaba metida entre todos aquellos agentes que me hacían preguntas sin fin, de nuevo me sacaste de allí y me llevaste a San Petersburgo. Me sentí como una princesa rescatada por un caballero de brillante armadura. Te puse en un pedestal. ¡Imagínate, poner en un pedestal a un agente del KGB…! -exclamó.
