Un hombre al que nada detendría hasta obtener su objetivo. Y Meg sabía que su objetivo era Anna.

Pero Meg ya no era la ingenua jovencita de veintitrés años que lo había creído lleno de valores parecidos a los suyos. El tiempo y la experiencia habían hecho su trabajo, y esa vulnerable criatura ya no existía. Todo lo que quedaba de sus pasadas noches de pasión eran su amargura… y su hija.

Si lograran entrar en la sala antes de que él las alcanzara, Meg ganaría un poco de tiempo para pensar qué hacer. Llevó a Anna casi a rastras, mientras su corazón martilleaba cada vez más fuerte.

– ¿Meg? ¿Anna?

Al oír su nombre, Anna se desasió de su madre y se giró.

– ¿Tú quién eres? -preguntó, curiosa.

Vencida por aquella artimaña, Meg tuvo que pararse y dar la cara al hombre al que una vez, brevemente, había amado. El padre de Anna. No quería mirarlo, ni reconocerlo. Pero Anna los miraba a los dos con ojos ávidos y Meg tuvo miedo de alarmarla o de provocarlo a él.

Cuando por fin se atrevió a mirarlo, el azul intenso de sus ojos de largas pestañas casi la hizo tambalearse. Era aún el hombre más atractivo que había visto nunca, aunque, de alguna manera, parecía distinto a como lo recordaba.

La primera vez lo que lo vio, el pelo castaño oscuro le llegaba al cuello del traje gris parduzco y del abrigo, la indumentaria típica del KGB. Ahora lo llevaba más corto e iba vestido como un hombre de negocios, con un traje azul marino y una camisa azul pálido que realzaban su más de metro ochenta y su figura fuerte y atlética. Pero el cambio que Meg percibía era más sutil que todo eso.

A diferencia de los hombres casados de mediana edad del concesionario de coches donde Meg trabajaba como secretaria y cajera, él se había vuelto todavía más guapo, si tal cosa era posible, en los últimos siete años. Estaba al final de la treintena y poseía un atractivo viril al que el cuerpo de Meg respondió sin quererlo ella.



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