
Él dio un hondo suspiro.
– ¿Puede esperar todo esto hasta mañana? Estoy cansado. Buenas noches, Meggie.
Antes de que ella pudiera decir nada, Kon se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá, dándole la espalda. Meg se puso rabiosa.
– ¿Qué crees que estás haciendo?
– ¡Chist! Vas a despertar a Anna. Creí que estaba claro: voy a dormir.
Horrorizada, ella gritó:
– ¡No puedes dormir aquí!
Él se dio media vuelta y la miró por encima del sombro, con el pelo revuelto.
– Si me estás invitando a dormir en tu cama, no me negaré.
Meg se negó a responder a aquella insinuación.
– Voy a llamar a mi abogado, Kon.
– Es un poco tarde, ¿no? Pero inténtalo -dijo, aburrido. Luego se volvió y ahuecó los cojines un par de veces, buscando una postura más cómoda.
Meg se fue a la cocina.
El teléfono había desaparecido. Kon debía de haberlo escondido mientras ella acostaba a Anna.
– Relájate. Estás perfectamente segura conmigo. Si por la mañana todavía quieres llamar a tu abogado, adelante. Eso solo hará que te encuentres con el senador Strickland más pronto que tarde. Que descanses, Meggie.
Ella dejó escapar un sonido que era mitad sollozo mitad gruñido. Se quedó mirando con impotencia la espalda de Kon. Pasados unos segundos, notó que cambiaba el ritmo de su respiración. ¡Se había dormido!
¿Qué podía hacer ella? ¿Secuestrar a su hija y llevársela de su propio apartamento?
Se le escapó una risa amarga. Además, Anna no soportaría verse privada de Kon. ¿Y adonde podría llevarla Meg sin que él la siguiera?
Se sintió física y emocionalmente agotada y recordó un comentario de una de sus amigas divorciadas del trabajo. Cheryl le había hablado de lo duro que era tratar con un ex marido que todavía actuaba como si fuera parte de la familia. Le había descrito su sensación de opresión y claustrofobia y, a veces, también de miedo.
