Por vez primera, Meg entendió lo que Cheryl quería decir. Pero sabía que, si le hablaba de su pasada relación con Konstantino o de lo que les había ocurrido a Anna y a ella en el ballet, Cheryl no la creería. La propia Meg apenas podía creerlo.

Y, sin embargo, uno de sus mayores miedos se había hecho realidad. Kon le había arrebatado el corazón de Anna. Respecto al otro miedo de Meg, que él quisiera vivir con Anna parte del año, solo el tiempo revelaría sus verdaderas intenciones.

En vez de aliviarla, la historia que Kon le había contado sobre su reclutamiento forzoso en el KGB, no había hecho más que aumentar su ansiedad. Él había sido brutalmente arrancado de su familia. Más tarde, se había enterado de la existencia de Anna. ¿Y qué podía ser más natural que reclamar a su propia hija para llenar ese vacío?

Lo sucedido en el ballet era una prueba irrefutable de que, de allí en adelante, dondequiera que Kon fuera, hiciera lo que hiciera, se aseguraría de llevar consigo a su querida hija. Y no permitiría que nadie se interpusiera en su camino, y menos Meg.

Kon era un experto en la intriga y la manipulación. ¿Cuál era el punto de contacto entre el abogado de Meg, el senador Strickland y la CIA? Ninguno de ellos podía ofrecerle a Meg la seguridad que necesitaba.

Estaba ante una situación, sin precedentes, que tendría que afrontar sola. Primero, Kon intentaría darle una falsa sensación de seguridad y, entonces, golpearía. Tal vez tendrían que resolverlo fuera de los tribunales. Por el momento quizá lo mejor fuera seguirle el juego hasta ver con claridad la forma de enfrentarse a él. Sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. Apagó las luces del árbol de Navidad y perdió de vista a Kon. Pero, de alguna forma, la oscuridad pareció magnificar su presencia.

La ironía de la situación no le pasaba inadvertida. En un tiempo, Meg lo habría dado todo por tener a Kon tumbado en su sofá. Después de saber que estaba embarazada, su fantasía preferida era verlo entrar por la puerta y arrojarse en sus brazos.



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