«Entonces yo estaba trastornada», se reprendió a sí misma, deseando con toda su alma haber escuchado las advertencias de su tía.

Después de perder a sus padres, Meg había ido a vivir con su tía Margaret, que estaba inválida por la artritis y sufría del corazón. Margaret se horrorizó cuando Meg se atrevió por fin a contarle que había sido detenida y encarcelada en Moscú.

Su tía era la viuda de Lloyd, el hermano del padre de Meg, quien había hecho una notable carrera en la inteligencia naval y había muerto cuando Meg tenía poco más de veinte años. El tío Lloyd se había opuesto de manera tajante a los estudios de ruso de Meg y a su viaje a Rusia. Margaret también compartía aquella opinión.

Los hermanos tenían ideas contrarias sobre la amenaza que Rusia significaba para el mundo. El padre de Meg no solo era pacifista, sino también un humanista que creía que el idioma era la base de la comunicación entre los pueblos. Decía que llegaría un día en que las dos naciones coexistirían en paz. Los Estados Unidos necesitarían maestros y embajadores que comprendieran y hablaran ruso, gente como Meg. El tío Lloyd, por su parte, decía que las ideas de su hermano eran puras quimeras y utilizaba todos los datos que tenía a su disposición para apoyar sus puntos de vista. Cuando Meg le contó lo ocurrido a su tía, ésta repitió aquellos datos y le dijo que, si su marido viviera aún, habría convertido el encarcelamiento de su sobrina en un incidente diplomático.

Meg no comprendió por qué su tía se enfadaba tanto. Después de todo, le había contado la intervención de aquel apuesto agente del KGB que la había llevado al aeropuerto y le había dado un regalo de despedida.

Pero, cuanto más lo defendía Meg, más se enfadaba su tía. Por fin, esta le confió la información que conocía por su marido respecto a las misiones del KGB.



53 из 122