
Cuando Meg echaba la vista atrás, sentía remordimientos por haber desdeñado las advertencias de su tía. Pero, al fin y al cabo, Meg era la hija de su padre, y había hecho caso omiso de los consejos de su tía sin imaginar que, algún día, sus advertencias se harían realidad.
Cuando Anna nació, la tía Margaret ya había muerto. Justo después se produjo la caída de la Unión Soviética. Entonces comenzó el goteo de historias acerca de las misiones secretas del KGB. Para consternación de Meg, al parecer todo lo que su tía le había contado era cierto.
Y, en esos momentos, Kon se había convertido en la peor amenaza para su paz mental.
De pronto, se sintió agotada. Se fue a su habitación y se puso una camiseta amplia y unos pantalones cortos. Agarró la almohada de su cama y se marchó al cuarto de Anna.
Se deslizó bajo el edredón y abrazó a la niña. Descubrió que el pelo y las mejillas de su hija estaban impregnados del insidioso olor del jabón que usaba Kon. Dando un suspiro, se dio media vuelta y hundió la cara en la almohada.
Aquella límpida fragancia le trajo el recuerdo de la última noche que habían pasado juntos. Recordó la llama azul de los ojos de Kon mientras le hacía el amor, su insaciable deseo por ella y las palabras cariñosas que desgranaba en ruso. Una vez más, le pidió que fuera su esposa, que se quedara con él para siempre.
Meg, que no se cansaba de oír esas palabras, le dijo que lo haría si podían apañárselas para pasar la mitad del año en Rusia y la mitad en Estados Unidos. A través de los contactos de su tío en el Pentágono y de la posición de Kon en su propio país, seguramente podrían arreglarlo. Parecía la única solución si querían vivir juntos.
Él sacudió la cabeza.
– Lo que quieres es imposible, Meggie. La única forma de que podamos estar juntos es que tú renuncies a tu nacionalidad y vivas aquí conmigo. Ahora ya no tienes familia. Si me quieres lo bastante, te quedarás.
– Creo que sabes cuánto te quiero, Kon. Pero, ¿qué pasará si te cansas de mí? No podría soportarlo -susurró Meg, abrazada a él-. ¿Qué ocurrirá si un día te das cuenta de que ya no me quieres y me pides el divorcio? Estaría sola y no podría volver a mi país.
