Kon reaccionó con una cólera que pareció aún más terrible por ser serena y controlada. Se levantó bruscamente de la cama para vestirse. Destrozada, ella se cubrió con la sábana hasta la barbilla y se sentó.

Él le lanzó una mirada acusadora.

– No conoces el significado del amor si puedes estar en mis brazos y hablar de matrimonio y de divorcio al mismo tiempo. Uno de los problemas de tu país…

– No solo de mi país, Kon -lo interrumpió ella. Luego, se calló. Su última noche juntos comenzó a desintegrarse.

Kon salió de la habitación, mientras ella se refrescaba y se vestía para marcharse al aeropuerto. Él llevó las maletas y le abrió a Meg la puerta del coche, pero no respondió a sus preguntas ni a sus intentos de hablar. A Meg, aquel silencio helado le partía el corazón.

Kon se había convertido de nuevo en el remoto e inaccesible agente del KGB. La llevó al aeropuerto en un tiempo récord, ordenó a un guardia que se hiciera cargo del equipaje y la condujo al avión. La forma en que la ayudó a buscar su asiento le recordó a Meg la primera vez que se había marchado de Rusia.

Era la misma situación, pero había una diferencia. Kon y ella estaban solos dentro de la enorme cabina del avión. Todavía no se había permitido embarcar a ningún pasajero. Meg se sentía rota y se preguntaba si podría sobrevivir a aquel sufrimiento.

– Meggie…

Recordaba el sonido torturado de su voz. Sus ojos parecían refulgir en la penumbra del interior del avión.

– No te vayas. Quédate conmigo. Te quiero, mayah labof. Nos casaremos enseguida. Tengo dinero: tendrás el mejor apartamento, viviremos bien. Siempre cuidaré de ti -prometió Kon, con voz casi salvaje antes de estrecharla entre sus brazos.



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