
Ansiosa, Meg sujetó a su hija y la abrazó, pero Anna luchó por liberarse.
– Tenemos tortitas para desayunar, pero yo le he dicho a papá que a ti te gustan más las tostadas, así que te ha preparado una y me ha dicho que viniera a despertarte.
Meg se dio cuenta de que olía a café. Como Anna no sabía poner la cafetera, supuso que lo había preparado Kon. Como siempre, se había enseñoreado de su apartamento, de su hija, de toda su vida…
Pero ¿cabía esperar que actuara de otro modo?, ¿que conociera otra forma de hacer las cosas un hombre que, a los ocho años, había sido secuestrado por el Estado y adiestrado para convertirse en una figura autoritaria?
Furiosa consigo misma por disculparlo, Meg descargó su rabia contra la cama que había empezado a hacer. Quería retrasar el momento de enfrentarse a él.
– Date prisa, mami. Quiero ir a ver nuestra casa y los perros.
– Pero te perderás tu clase en la escuela dominical -le recordó Meg, aunque sabía cómo iba a reaccionar Anna.
– Papá me ha dicho que hay una iglesia cerca de nuestra casa. Puedo ir allí a la escuela dominical la semana que viene. Dice que hay seis niños en mi clase.
Los movimientos de Meg se hicieron tan bruscos que rasgó la sábana de arriba.
Anna abrió mucho los ojos.
– Oh, oh, mami. Se ha roto.
– Sí -gruñó Meg mientras estiraba el edredón. Luego, se metió en el cuarto de baño.
– Le diré a papá que ya te has levantado.
Cuando Anna se marchó, Meg se miró en el espejo, que le devolvió su cara pálida y ojerosa. Se recogió el pelo hacia atrás con una goma y decidió no maquillarse ni perfumarse. Aquella alegre jovencita, que haría todo lo posible por estar guapa para Kon, había muerto.
– ¡Mami! ¡Teléfono!
Meg ni siquiera había oído el timbre. Kon debía haber colocado otra vez el aparato en su sitio por la mañana temprano.
– ¡Voy!
En cuanto vio a Kon de pie junto a la pared, con el teléfono en una mano y una taza de café en la otra, se le aceleró el corazón. Evitó su mirada inquietante y agarró el auricular, dándole la espalda. Debería ser pecado que un hombre fuera tan atractivo.
