
– ¿Diga? -contestó, tratando de parecer serena.
– ¿Hablo con la señora Meg Roberts?
Meg parpadeó al oír una voz femenina muy formal.
– Sí.
– Por favor, no se retire. El senador Strickland quiere hablarle.
Ella tuvo que apoyarse contra la jamba de la puerta.
– ¿Señora Roberts? Soy el senador Strickland.
Meg reconoció enseguida la voz ronca y pausada del anciano.
– Hola, senador.
– La llamo para ofrecerle todo mi apoyo y decirle lo mucho que me alegro de que usted y ese magnífico joven se hayan reunido por fin. Yo diría que un hombre que se expone a tantos riesgos y penalidades debe de estar realmente enamorado. ¿Se da usted cuenta de que ese joven era uno de los principales agentes soviéticos? Y ha tenido que pasar seis años de semi aislamiento, esperando el momento de reunirse con usted y su hija… Entiendo que la situación le resulte difícil, señora Roberts, pero el señor Rudenko merece una oportunidad y, ¡maldita sea!, espero que usted se la dé -Meg comprendió que los agentes de la CIA le habían contado su encuentro de la noche anterior al senador y que este no estaba muy contento-. Para mi mujer y para mí será un honor invitarlos a cenar muy pronto. Haré que mi secretaria lo arregle con usted después de las fiestas. Ustedes necesitan estar algún tiempo solos para retomar su relación y hacer planes. Los envidio -rió amablemente el senador.
Meg sintió que iba a desmayarse.
– Gra… gracias, senador -balbució.
– Si hay algo que pueda hacer por usted, llame a mi secretaria y ella me lo hará saber. Estoy seguro de que éstas van a ser unas navidades muy felices para ustedes.
Colgó. En cuanto Meg dejó el teléfono, este sonó je nuevo. Kon le lanzó una mirada inquisitiva cuando ella volvió a descolgar. Aclarándose la garganta, contestó:
