– ¿Diga?

– ¡Hola!

Meg cerró los ojos.

– Hola, Ted.

– ¡Eh! ¿Qué te pasa? Estás rara.

Meg se acarició la nuca con la mano que tenía libre y se metió en el cuarto de estar, tanto como le permitía el cable del teléfono, para escapar a miradas y oídos indiscretos.

– Creo que algo me ha sentado mal.

Aunque Kon no hubiera puesto su vida del revés, se habría inventado cualquier excusa para no salir con Ted. No le importaba comer con él de vez en cuando, pero eso era todo. Ted no le interesaba. En realidad, ningún hombre le interesaba.

– Lo siento. Iba a preguntarte si Anna y tú queréis venir a patinar conmigo al parque esta tarde. Luego, podríamos cenar en algún sitio.

Trataba de ganársela incluyendo a Anna en el plan.

– Quizás en otra ocasión, cuando me encuentre mejor -mintió ella.

– De acuerdo -contestó él, contrariado-. Entonces, nos vemos en la oficina.

– Sí. Allí estaré mañana. Creo que lo único que necesito es un poco de descanso. Gracias por llamar.

Consciente de que parecía nerviosa, se despidió y colgó el teléfono.

– Ted Jenkins, vendedor del año en Strong Motors -dijo Kon, azuzándola-. Treinta años. Divorciado. Frustrado porque no tiene una relación contigo, ni nunca la tendrá. ¿Por qué no te tomas el desayuno mientras yo ayudo a Anna a ponerse la ropa de nieve? Después nos iremos.

– ¿Cómo es que lo conoces?

– Como cualquier hombre enamorado, quise saber si tenía algún rival serio. Walter Bowman fue a Strong Motors con el pretexto de comprar un coche deportivo. Ted Jenkins acabó llevándolo a probar el coche y, al final del paseo, Walter sabía lo suficiente para darme la información que necesitaba.

En circunstancias normales, Meg se habría sentido halagada. Pero nada en su relación era normal.

Sin embargo, en parte aquello le gustó. Y eso significaba que estaba volviendo a ocurrir… Olvidándose de la tostada fría que había sobre la mesa de la cocina, se fue a la habitación. Tenía que apartarse de la mirada escrutadora de Kon. Temía que él descubriera el poder que todavía ejercía sobre ella. Lo más sensato sería fingir que le seguía el juego, por el bien de Anna.



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