
– Soy alguien que os quiere mucho a ti y a tu madre -dijo él, en respuesta a su hija. Se parecía tanto a ella que Meg temió que la niña se diera cuenta enseguida de quién era.
– ¿Ah, sí? -Anna pareció sorprendida o, peor aún, intrigada.
Meg cerró los ojos con rabia. Maldito fuera por su inigualable habilidad para cautivar a sus víctimas. Como siempre, recurría a métodos que nada tenían que ver con la fuerza bruta.
Desesperada, Meg esperó la respuesta de la niña. En parte, todavía se negaba a admitir que él hubiera aparecido de pronto, de la nada, como uno de esos sueños perturbadores que te asaltan durante años.
– ¿Cómo te llamas? -preguntó Anna suavemente.
– Konstantino Rudenko.
– Kon… Konsta… ¿Qué has dicho?
Él sonrió.
– Tu mamá me llama Kon -su audacia, su crueldad y su calculada arrogancia llenaron a Meg de rabia-. Es un nombre ruso, como el tuyo.
– ¿Mi nombre también es ruso?
– Sí -él lo pronunció con su acento nativo, con voz tierna. Luego buscó a Meg con la mirada, como diciendo «nunca me has olvidado».
«¡No!», gritó Meg para sus adentros contra la amenaza que significaba él, para su independencia duramente ganada. Pero era demasiado tarde.
La inquisitiva Anna asimiló la información e imitó con cuidado la pronunciación de su nombre.
– Mi madre me ha dicho que mi padre vive en Rusia y que por eso no puede venir a verme -susurró, recordando demasiado tarde que era un secreto. Su madre le había dicho muchas veces que nadie debía enterarse de aquello.
– Anna -exclamo Meg.
– Pues tu mamá se equivoca, Anochka -respondió él, usando el diminutivo.
Anna se desasió de su madre y se acercó a él para observarlo.
– ¡Te pareces al príncipe Marzipán! -rápidamente, se giró para mirar a Meg, que se quedó aturdida por el brillo que vio en los ojos de su hija-. ¡Mami! ¡Es como el Príncipe! -inmediatamente abrió el libro por una página que tenía los bordes gastados por el uso-. ¿Lo ves? -señaló.
