Dieron la vuelta a la parte trasera de una bonita casa de color blanco de dos pisos.

– Hemos llegado, Anochka -Kon aparcó frente a un garaje para dos coches y le desabrochó el cinturón de seguridad a Anna.

Esta no podía estarse quieta. Sus ojos brillantes no se perdían detalle.

– ¿Dónde están los perros, papi?

– En el porche de atrás, esperándonos.

Meg contempló la casa con incredulidad y luego miró a Kon, que estaba ayudando a Anna a salir del coche. No reconocía, en aquel atento hombre de familia, al todopoderoso agente del KGB que, en el pasado, inspiraba temor.

Meg salió del coche, boquiabierta. Kon les dijo que esperaran allí, mientras abría la puerta.

Anna dio un grito de alegría cuando un bonito pastor alemán salió corriendo escaleras abajo y se puso a corretear a su alrededor sobre la nieve, husmeándole las manos y moviendo el rabo. Sin duda, Kon tenía experiencia en el adiestramiento de perros. El animal estaba tan bien amaestrado que no enseñó los dientes, ni gruñó, ni saltó sobre la niña, para alivio de Meg. A una orden de Kon, se quedó quieto y se dejó acariciar por Anna.

– Meggie, acércate a saludar a Thor -la animó Kon.

Su tono jovial y acogedor, le trajo a Meg recuerdos de otro lugar, de otro tiempo, en el que solo vivía para él y. siempre que estaban separados, contaba las horas que faltaban para que volvieran a verse.

Durante unos minutos, Meg olvidó sus temores y se acercó al perro. Thor parecía tan contento como Anna. Mostraba su alegría con saltos, gemidos y ladridos que hicieron reír a Anna y a su padre.

Meg nunca había visto tan feliz a Kon. Sin darse cuenta, sonrió y de pronto descubrió que él la estaba mirando como antaño, con sus ojos de un azul rabioso llenos de pasión. Estremecida, se dio la vuelta.



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