
– ¿Dónde está el otro perro? -quiso saber Anna.
– Gandy está muy ocupada dentro de la casa -fue la misteriosa respuesta-. ¿Entramos a ver qué hace?
– ¡Sígueme, Thor! -gritó Anna, alegremente, subiendo las escaleras detrás de su padre.
Antes de alcanzar la puerta, Meg oyó los gritos excitados de Anna. Intrigada, se apresuró a entrar en el cálido porche cerrado, donde vio a una perra pastora tumbada en un rincón, sobre una cama improvisada, con tres cachorrillos mamando. La perra levantó la cabeza cuando se acercaron.
Thor se echó junto a Kon. Este se puso de cuclillas y rodeó a Anna con el brazo para mirar aquella bonita estampa.
– Este es el regalo anticipado de Navidad del que te hablé, Anochka -murmuró.
– ¡Oh, papá! -exclamó, entusiasmada-. Mira a la más pequeña. Podría caber en mis manos.
– Es un macho -dijo él, suavemente.
Anna asimiló la información y dijo:
– ¿Puedo tocarlo? Por favor…
– Dentro de un rato, cuando acabe de comer. No debemos molestarlos ahora.
– ¿Cómo se llama? -murmuró Anna.
– Creo que es mejor que tú elijas el nombre, porque va a ser tu perro. A los otros dos les buscaremos un hogar, en cuanto estén listos para dejar a su mamá. Pero ese cachorro es para ti.
Anna se volvió a mirar a Meg, con los ojos brillantes.
– Mami, voy a llamarlo «Príncipe Marzipán Johnson».
Meg se echó a reír, sin poder evitarlo, y Kon la imitó.
– ¿Qué tal si lo dejamos en «Príncipe»? -logró decir Kon, poniéndose en pie-. Creo que ya hemos abusado de la paciencia de Gandy. ¿Por qué no entras con Thor y empiezas a explorar? -abrió otra puerta que daba entrada a la casa-. A ver si encuentras tu habitación.
– ¿Mi habitación? ¡Vamos, Thor! -Anna agarró al perro por el collar y ambos entraron por la puerta abierta.
En cuanto desaparecieron, Meg volvió a ser consciente de la realidad de la situación.
